5 abr. 2018

(Casi) todos vuelven al lugar del crimen






Casi) todos vuelven al lugar del crimen
El barro de las suelas de sus zapatos le hubiese delatado si no hubiese sido ya de noche. Aparcó la moto en el parque pequeño de siempre, donde tantas veces había estado fumando después de pillar en el Salamanca. Echó mano al bolso interior de su chupa en busca de su paquete, y, con la parsimonia que le envolvía, se fumó un cigarro mientras miraba fijamente el banco del medio del final del parque, y se vio ahí, fumando, de risas con los colegas... En ese momento, si le hubiesen ofrecido vender su alma al diablo a cambio de revivir aquellos tiempos, lo hubiese hecho… ¡Y quién no?!!
Después cogio el móvil.
-Mónica, ¿qué sabes de Aroa o de Naiara?
-¿Quién te ha dado mi teléfono?
-Este es tu relato. Tú sabrás
-Bien, tienes razón. ¿y qué coño haces llamando a estas horas?
-Pues eso, que necesito saber si sabes por donde paran Aroa y Naiara?
-No conozco a nadie que se llame así.
-¿Seguro?
-Segurísimo. Pero esos dos nombres me encantan.
-Me imagino.
-¿Por qué te lo imaginas?
-Hombre, es tu relato, así que podrás poner los nombres que te dé la gana, ¿si o no?
-Pues también es verdad.
-Entonces… el teléfono de alguna amiga ahí a mano ¿tienes?
-¿Para?
-¿Para qué crees?
-No lo sé, Jose. Son casi las dos de la mañana. Me has despertado. Tengo un sueño de la hostia y como comprenderás, no estoy para adivinanzas.
-Joder, y luego el que tenía mala hostia era yo. –una milésima fracción de segundo se apoderó del silencio- Mónica, necesito compañía.
-¿Has probado en comprarte un perro?
- Qué maja!!. En serio que no tienes ninguna amiga que… sólo será hoy, y seguro que lo pasaremos bien…
-Te has equivocado. Mis amigas no son así. 
-¿A tus amigas no les gusta el sexo?
-¡Mis amigas no son unas putas golfas que se van con cualquiera, y me estoy empezando a mosquear ya!
-Vale, sorry. 
No hubo ni un adiós. Mónica apagó el móvil. 
Pocos minutos después se asomó a la terraza y le vio ahí. Sentado en el banco con la cabeza ocultada entre sus piernas. Le dio pena. Sintió que algo le pasaba y, esta vez, fue ella quién cogio el teléfono y le llamó.
-¿Si?
-¿Dónde estás?
-En el parque ¿por qué?
-No te muevas de ahí anda. Ahora bajo. 
No me puede estar pasando esto a mí. Pensó mientras estaba terminándose de poner el chandall y calzándose las deportivas.
Cuando estaba cruzando el parque, José se incorporó y dio dos pasos hacía su encuentro.
-Hola… ¿Mónica?
-Hola ¿qué tal? –le contestó, acercándose para darle dos besos.
-Hola bien. Yo soy Jose. Encantado
-Sí, sé que eres Jose, sí.
-ya bueno, es que te recuerdo que es la primera vez que nos conocemos.
-No. Yo te conozco de vista de hace muuuchos años. Eres tú el que no me conocía a mí aunque tengo que reconocer que si te hubiese visto por la calle, no te hubiese reconocido.
-Pues eso. Que hoy nos conocemos por primera vez ¿si o no?
-Venga, bah, José. Para ti la perra gorda. Al grano, ¿qué es lo que te pasa? ¿Por qué me has llamado a mí y a estas horas?
-Pues que venía por la carretera de la playa… me acordé del barrio… y no sé…
-No sabes, no sabes… que cómo no conoces a más gente en el barrio, me tienes que llamar a mi para tocarme los cojones y preguntarme por unas amigas de las que seguro que ni te acuerdas. 
-Siento haberte despertado, Mónica, pero la culpa es tuya
-¡¡¿ Qué la culpa es mía? ¡!
-¿Quién está escribiendo el relato, ehh ehhh?
-Te estoy cogiendo un asco que no te puedes hacer una idea, que lo sepas
-jejejeje
-Bueno, a ver ¿qué te pasa además de tener un calentón de la hostia? Porque digo yo que algo te pasa, y espero que algo te pase, porque no me hace ni puta la gracia bajar a la calle a estas horas, ni aunque sea en mi propio relato.
- Culpa tuya de nuevo. Haberme invitado a subir a tu casa.-dijo esbozando una leve sonrisa-
-Ves este puño, ¿verdad? –dijo con su rostro ligeramente enfurecido y mostrando su puño cerrado.
-Vale, vale –la sonrisa desapareció y su rostro se tornó en una seriedad absoluta- la he cagado, Mónica. No me preguntes cómo pero el caso es que la he cagado pero bien.
-¿Pero qué ha pasado?
-Qué me he acostado con la mujer de mi hermano
-¡¡Que quéeee!! Pero tú estás mal de la cabeza o que
-¿Con cuál de ellos?
-Con la de Carlos.
-¿Carlos??? Pero si no tenías ningún hermano que se llamase Carlos, no?
-En la realidad, no. En tu relato, sí 
-Oye, que el relato es mío.
-Ya, pero ¿a qué no me quieres meter en un problema?
-No me tientes, no me tientes…
-Pues eso… y que de verdad que no sé ni cómo ha sucedido. Te lo prometo, Mónica. 
-Como se entere tu hermano, os mata, os descuartiza, os parte en pedacitos y los termina tirando al Manzanares.
-¿Me lo dices o me lo cuentas? Lo que necesito es que me ayudes, de verdad, y no que me cuentes algo que ya sé de sobra que pueda suceder. Conozco a mi hermano.
-No, no le conoces porque no existe.
-Oye, concéntrate en el relato que es lo que importa, y a ver si empiezas con la parte erótica que ya toca.
-Es que eres un puto golfo, tio, pero en esto se te ha ido la pinza pero bien, y a tu cuñada también.
-Macarena se ha puesto a llorar desesperada después y me ha pedido que me fuese cuanto antes.
-¿Macarena se llama tu cuñada?
-Si ¿por qué?
-Porque la tía se ha tomado al píe de la letra lo que dice su canción
-No te sigo, Mónica
-Dale a tu cuerpo alegría, Macarena, que a tu cuerpo le falta alegría, Macarena, eeeeeyy Macarena!!
-No le veo la gracía.
-Lo siento. Es que me lo has puesto a huevo… y a todo esto ¿dónde estaba Carlos?
-Está de viaje.
-Pues toma pastillas de goma que de recuerdo se va a traer unos cuernos como dos catedrales.
-Mónica, por favor. No me estás resultando de mucha ayuda.
-A ver, Jose. Que las cosas hay que hacerlas con cabeza y lo que no es normal, es lo que habéis hecho. Es que no es que quiera hurgar en la herida, pero es muy grave. 
-Yo quiero a mi hermano. No quiero que sufra por esto que jamás debió de suceder-dijo mientras sus ojos se empezaron a encharcar 
La seriedad se apoderó del momento. Sólo se escuchaba el resoplido del viento que hacía agitar con fuerza las copas de los árboles.
-José ¿y esto cuando ha sido? ¿Hoy?
-Sí. He salido de allí y he estado conduciendo sin rumbo fijo hasta ahora.
-Entiendo, y para arreglar las cosas, y como tu cuñada te ha dejado a medias, querías que te diese el teléfono de alguna amiga mía, no? Lo tuyo no tiene nombre.
-Mónica, no creas que soy un golfo. Yo no soy así. Créeme.
-Bueno, a ver –dijo ella después de soltar un suspiro, signo inequívoco de la resignación- vamos hacer una cosa. Vete a casa y descansa. Mañana ya te doy un toque y te vienes al barrio que he quedado con gente que seguro conociste en su época.
-No puedo
-¿Por qué?
-Porque han precintado todo mi portal. Resulta que había tres pisos ocupados por bandas yihadistas y la policía ha dicho que desalojemos todo el bloque hasta que terminen con las investigaciones. Tenían planeado entrar en la Zarzuela y secuestrar a la reina. Lo dieron en todas las cadenas ¿tu no ves la tele o que? 
-No, no veo la tele. Tu tienes demasiada imaginación me parece a mí, no?
-No, la que tiene demasiada imaginación eres tú que eres la que estás escribiendo este puto relato que de momento, de erótico na de na’
-En eso tienes razón. Tengo muuucha imaginación jajaja y me encanta… y de la parte erótica, cállate, que lo bueno siempre se hace esperar.
-Pues eso, y por eso me estaba quedando en casa de mi hermano
-Claro, y tu hermano te dijo, que aprovechando que estabas en casa y que él iba a faltar unos días, pues que tratases a su esposa como si se fuese la tuya, ¿verdad?
-jejejejeje
-La leche que te dieron. En fin… a ver… ¿qué hora es? –le preguntó mientras le cogía de la muñeca para poder ver la hora de su reloj- las siete menos cuarto. Bien. Fijo que está abierto el bar de aquí atrás. Vamos a tomar un café que ya estoy notando que me hace falta mi dosis de cafeína.
-¿Y así con esas pintas piensas ir a desayunar?
-¿Qué le pasan a mis pintas? ¿Nunca has visto una chica en chandall o qué? 
-Si, pero no de mi mano.
-Es que yo no voy a ir de tu mano, chaval. Que yo tengo pareja. No te equivoques. Sólo vamos a tomar un café, en buen plan y punto.
-¿No jodas que estás casada?
-No, no estoy casada. 
-Ah, ya decía yo que con la mala leche que tienes, no hay marido en el mundo que te aguante.
-¿Sabes que se están rifando dos hostias y que tienes todas las papeletas?
-Joder, qué carácter. Oye Mónica, una pregunta pero no te enfades
-Dime
-¿Cuándo empezamos con el folleteo? Lo digo porque esto iba a ser un relato erótico y de momento… a parte de mi cuñada… yo no he follado nada… 
-Anda, venga, tira pa’lante, tira pa´lante que te voy a poner en seguida a follar porque sino…
Al subir las escaleras del bar El Paso, se encontraron a muchas personas con la vestimenta del Real Madrid, gritando a pleno pulmón como si no hubiese mañana. 
-Para colmo de males, hoy había derbi, y por lo visto, ha perdido el Atlético. 
-Venga, tío, no me jodas, que con la que tienes encima no te va a quitar esto el sueño, no? Además, vosotros los colchoneros soy sufridores por naturaleza, así que…
-Oye, con mi atlético no te metas.
-Vale, vale… oye, mira quién viene por ahí –dijo alzando la vista al ver entre la multitud a una cara conocida.
-¿Quién?
-¡Ana !! ¿No te acuerdas de ella? si no la recuerdas, al menos disimula porque esta es de mecha corta y como la toques las narices te pone mirando a Córdoba en dos segundos.
-Pues yo preferiría ponerla mirando a Cuenca pero bueno…
-Holaaaa Anaaa ¿qué tal tía? ¿De dónde vienes tan cargada? 
-De los chinos de comprar las cosas para esta tarde porque te recuerdo que hemos quedado eh.
-Ya, ya. Que voy a ir, en serio. Por cierto, ¿te acuerdas de Jose? Jose, te presento a Ana. Supongo que te acuerdas de ella, no? –le dijo haciéndole un leve gesto para que disimulase.
-Hola Ana, encantado. Claro que me acuerdo. Nunca olvido una cara bonita
-Ana, no te emociones. Que lo de que “nunca olvida una cara bonita” se lo dice a todas. 
-Por cierto Ana, vas muy cargada. Permíteme llevarte las bolsas hasta el portal, por favor.
-ok, gracias.
-Estos bloques no tienen ascensor, ¿verdad?-puntualizó Jose estando justo en la entrada del portal. –si quieres te subo las bolsas hasta arriba. A mí no me importa y de paso yo me dejo que me invites a una cerveza… bueno, teniendo en cuenta las horas que son, mejor me dejo que antes me invites a desayunar… aunque si tienes prisa, te subo las bolsas y no te molesto más.
-No, no. Subid por favor. Prisas no tengo ninguna. Tengo que preparar las cosas para esta noche, pero eso no me llevará más de un cuarto de hora. 
-Subid vosotros dos que yo tengo que pirarme a estudiar- apostilló Mónica con la clara intención de irse y dejar a la parejita allí.
-Mónica, espera. Quédate un rato con Ana y conmigo, anda.
-Jose, ven un momento-le susurró Mónica cogiéndole del brazo y acercándose a su oído – para mí hay líneas invisibles que, no por serlo, no dejan de ser infranqueables. Cuestión de educación y principios, supongo. 
– ¿Cómo?
-Nada. Yo me entiendo. Que me piro. ¡Ana, te veo esta noche! Y tú pórtate bien, Jose.
-Bueno, yo me portaré tan bien como tú quieras. Al fin y al cabo el relato es tuyo. Eres tú la que maneja la batuta. A ver lo que haces, que uno tiene una reputación que mantener.
-Tranquilo Sandokán, que estás en buenas manos.
Jose cerró la puerta tras la salida de Mónica y se fue a la cocina.
-Te ayudó Ana?-dijo posando su mirada fijamente en el culo de ella que estaba situado justo enfrente de sus ojos. 
-No tranquilo.-respondió Ana mientras permanecía subida en una silla colocando las cosas en los muebles de la parte de arriba- me vas a ayudar pero con otra cosa, por favor. Pero mientras tomate una cerveza. He metido dos en el congelador para que se enfriasen cuanto antes. Y bueno, ¿qué? Cuéntame algo de ti, ¿qué ha sido de vuestras vidas? 
Jose, se quitó la cazadora que aún a esas horas llevaba puesta y la tiró en el sofá. Luego abrió la puerta del congelador y sacó las dos latas dejando una en el frigorífico. Quito la anilla de la lata y se reposó en el quicio de la puerta de la cocina mientras estudiaba con la mirada el cuerpo de Ana. Tenía ganas de follar. A esas alturas tenía muchos pero muchos deseos de follar. La presión de su polla por debajo de su slip, lo estaba pidiendo a gritos. No quería ser basto ni grosero, pero o comenzaba a follársela en dos minutos o se tendría que ir de inmediato al baño a echar un pulso. 
-Bueno, pues… yo soy jugado de tenís y…. intentaba torpemente explicarse, dificultándole la tarea porque su atención (y su mirada) estaba posado en otra cosa mientras su cabeza (la de abajo, la otra ya sabemos que los tios la suelen tener de adorno) se mantenía ocupada por un único pensamiento.
Para ese momento, Ana ya se había bajado de la silla y con pasos lentos y estudiados, propios de una tigresa en celo, se acercó a Jose, le cogió con su mano izquierda el paquete mientras la mano derecha la posó sobre su pecho para impedir cualquier movimiento y controlar la situación.
-Si, -le susurró lascivamente al oído- vamos a ver qué tal se te da eso de jugar al tenís. A mí, todo lo que sea pelotas..., se me da muy pero que muy bien-relamió sus labios con la lengua mientras Jose permanecía inmóvil, mirándola con los ojos abiertos como platos, un tanto atemorizado ante las insinuaciones, que muy lejos estaban de serlas, de aquella mujer. –Caray con la amiguita de Mónica-alcanzó a pensar. 
-Nota de redacción realizada por la autora del relato: José, cuidado con lo que piensas de mi amiga, que es mi amiga y como ya sabes, yo no sólo sé leer tus pensamientos, es que además los estoy escribiendo. –
Los pechos voluptuosos de Ana, estaban presionando el pecho de José. Se encontraba rodeado por todos los lados. No había escapatoria. Mientras, Ana, no dejaba de palpar la polla de Jose por encima de sus vaqueros.
-Me gusta, me gusta…. Sabes que nada más verte he sentido algo en el pecho, como un pinzamiento o algo asi ?
-¿Ah, si?? Eso es que te he molado, no??
-No, ha sido el aro del sujetador que se me había salido jajaja
-Cabrona
-jajajaja..... Jose, como te he dicho antes, necesito que me hagas un favor.
-Claro, claro- se apresuró a responder Jose, intentando rápidamente desabrocharte el cinturón del pantalón para desencarcelar cuanto antes a su miembro que llevaba un rato en píe de guerra.
-jajajaja espera tío, que para eso aún queda un poco. Antes tienes que hacer otra cosa
-Joooder en este puto relato, por culpa de la Mónicaca no follo ni pa’Dios!! Como si lo viese, verás tú!!... a ver, dime, en qué te puedo ayudar?-respondió frunciendo el ceño y con los brazos en cruz. 
-¿me podrías colgar un cuadro en mi habitación?
-Claro que sí, guapi :P
Entraron en la habitación. Las cortinas estaban descorridas. La persiana totalmente subida, los rayos de sol penetrando con furia por la ventana y el calor sofocante se había apoderado de tres cuartas partes del cuarto. 
-Ana, ¿te importa si me quito el niqui? Es que aquí hace un calor agobiante, y de paso, por favor, pásame el cuadro que quieres que te cuelgue y la escalera, por favor.
-Tranquilo, como si estuvieses en tu casa. Voy a por la escalera que la tengo en la terraza.
Al regreso, Jose ya estaba con su torso al descubierto. Ana le miro, asombrada. No era el mejor pecho masculino que había visto. No era fibroso… pero sin embargo, estaba bien… muy bien. Jose se ruborizó al sentirse observado con tanta atención. Para ese momento, su única obsesión era colgar el puto cuadro cuanto antes y continuar en el punto donde lo habían dejado en la cocina. 
-¿Me podrías traer la cerveza que me he dejado en la encimera de la cocina, por favor? Mientras te termino de colgar el cuadro. 
Ana trajo la cerveza, en silencio. Cada poro de su piel, sentía una inmensa sed que sólo deseaba saciar con el flujo del sudor que emanaba del cuerpo de Jose. No hubo palabras. No hacían falta. Jose se acercó a ella, le cogió con delicadeza el cuello mientras que pasaba su otra mano, alrededor de su cintura. 
-Sabes la diferencia entre hacer el amor y follar, ¿verdad Ana?- le dijo en voz baja, como para no romper el momento con su pregunta, pero con la intención de dejar las cosas claras. A pesar de todo, no era un chico de reírse y jugar con los sentimientos de nadie.
-Tranquilo.–y dicho esto, fusionó sus labios con los de él. Mientras los ojos oscuros de ambos, no se apartaban el uno del otro. Ella, rodeaba con toda la extensión de sus brazos su torso desnudo, mientras él, apartaba como meramente podía, los tirantes del vestido de Ana, dejando sus hombros al descubierto. Ana, le ayudó, y retirando sus brazos por un momento, dejó desprender su vestido por su cuerpo, dejando ver sus pechos endurecidos. 
Jose deslizó sus labios por su mejilla hasta llegar a su cuello donde hizo hincapié. Ella, cerró los ojos, inclinó levemente la cabeza para facilitarle la tarea y dejándose hacer, se sintió como en un oasis, totalmente entregada. 
Él, prosiguió acariciando sus pechos con las palmas de sus manos ante el compás del gemir de ella que en ese momento, tenía sus manos agarrando la hebilla del pantalón mientras levemente le indicaba un acercamiento. Ella echó un pasó hacía atrás y se sentó en el borde de la cama. Desabrochó el pantalón e introduciendo sus manos por su alrededor, dejó que el pantalón cayese hasta el suelo sin apenas dificultad. 
A pantalón bajado, el estado de su miembro ya se revelaba con descaro por debajo de su slip. Ana, agarró con fuerza su culo y José, ayudó abriendo levemente las piernas ante su presencia ofreciéndose por completo al “ordeñamiento” bucal de polla apoteósico que le esperaba. De vez en cuando, Ana lo acompañaba pasando las yemas de sus dedos por la raja de su culo, lo que, le estimulaba considerablemente y le ponía más cachondo si cabía. Terminada la faena, el semen brotó con fuerza quedando todo ello desperdigado por los pechos de Ana. 
Él se sonrojó ante lo sucedido, sin embargo, Ana se destornillaba de la risa. Se sentía como Cleopatra, que en su obsesión por aumentar su belleza, se bañaba cada día en leche. 
En ese momento, alguien llamó al telefonillo.
-Corre, que ya viene la peña. Ve al baño y límpiate y de paso tírame una toalla que mira como me has puesto- dijo entre carcajadas. 
-Perdida, te he puesto perdida. Lo siento, tía
Entre prisas, Ana se limpió como pudo, y se atusó el vestido como si allí no hubiese pasado nada. 
Sonó el timbre de la puerta y los amigos empezaron a entrar. En ese momento, Jose asomó por el baño con su torso al descubierto porque su niki, debía de estar perdido en el suelo de la habitación pero a saber dónde. 
-¡Hombre, tío, yo a ti te conozco!-dijo uno de los amigos de Ana-¿Tu no ibas a la Salle? ¡pedazo truhan que estabas hecho!- terminó de afirmar proseguido de una socarrona risa. 
-Hola… si… a mi también me suenas tú, si… bueno, de cara me sonáis la mayoría –respondió Jose un tanto avergonzado-
-¿Y qué haces por aquí? 
-Nada, nada, yo estaba de paso. Es que Ana.. quería que le subiese las bolsas… y bueno, le he colocado un cuadro… y…
-Ah ya ya ya… por cierto Ana, tiene ahí como dos gotitas de… -no terminó de decir la frase. Miro a Jose, y luego miró a Ana con clara muestra de complicidad de lo que era más que evidente, y prosiguió hablando- Te quedarás a cenar y a tomar unas birras, no Jose? Luego iremos al Barrio del Pilar, que quieren ver éstas los putos fuegos artificiales, y a seguir celebrando un poquito que es el cumple de Mónica. Por cierto Ana, que ha dicho que llegará un poco más tarde.
-¿Qué llegará más tarde? Joder, como siempre, o no viene o llega tarde…
……
A media noche, se acercaron al Barrio del Pilar. Desde el descampado, se podían ver perfectamente el majestuoso espectáculo de fuegos pirotécnicos. 
Jose, estaba a las espaldas de Ana rodeándola por los hombros cuando el móvil que tenía en el bolsillo de su pantalón comenzó a vibrar.
-Perdona un momento, me llaman- dijo cogiendo el móvil y apartándose un poco.
-Jose, tio, tenías razón. Hemos encontrado parte de las armas que esos putos moros tenían oculto en el descampado del pozo del tio Raimundo. No vengas eh, no te pases como ayer. Ya nos encargamos nosotros. Tú disfruta de tus dos días libres que te los tienes más que merecidos. Joder macho, no me extraña que dijeses que te habías puesto perdido de barro los zapatos, nosotros hemos salido de ahí con barro hasta en las orejas. Venga macho, te dejo.
Jose volvió al lado de Ana abrazándose a ella más fuerte que antes.
-¿Todo bien?- preguntó Ana.
-Todo perfecto. 
En ese momento, la canción del inolvidable Enrique Urquijo “Aunque tu no lo sepas”, sonaba a lo lejos. 
-Todo inmejorable –puntualizó-
Ana, le miró sonriéndole y Jose le respondió culminando la noche con un beso.

2 mar. 2018

Segundas partes nunca fueron buenas, fueron mejores


Segundas partes nunca fueron buenas, fueron mejores

-Jamás creí que te volviese a ver. La vida no deja de sorprenderme, por eso me gusta tanto. Me encanta vivir la vida, sin dejar ni un día que la vida pase ante mí sin haberla vivido.

-Es buena filosofía de vida, Sandra. Claro que sí. Al fin y al cabo, la vida son dos días. Por cierto, estás guapísima. Por ti no pasan los años.

-Pasan-dijo ofreciéndole sus mejillas para saludarle- ya te digo que pasan, pero tú sigues teniendo esa mirada penetrante de la que tanto me llegué a enganchar.

-¿En serio? Nunca me lo dijiste, Sandra.

-¿El qué? ¿qué tienes una mirada penetrante a la par que preciosa?

-Gracias.. pero no. Me refería a que te quedaste pillada por mí..

-No, nunca te lo dije. ¿Hubiese servido de algo?

-Sinceramente… no lo sé. En realidad éramos unos críos. Pensábamos que nos íbamos a comer el mundo y al final, ya ves, el mundo casi nos engulle a nosotros.

-El Salamanca ¿te acuerdas? –Puntualizó Sandra desviando su mirada hacía el local que en aquellos tiempos fue un bar un tanto peculiar.

-Sí, Sandra… ¡Cómo para no acordarme!-respondió él en un tono melancólico.- buenos momentos pasamos aquí, y ahí –dijo señalando al parque pequeño situado a la izquierda- también.

 -No. –Respondió ella con su rostro totalmente serio- Ahí no.  

-Pero qué me dices?? En serio que tú y yo nunca…

-Jamás. –contestó rotundamente mientras dos pequeñas lágrimas se escaparon por sus ojos sin apartar la mirada del parque.

En ese momento pensó que tal vez, no había sido buena idea haberse reencontrado con él, después de tanto tiempo. Recordar no siempre es bueno. Hay recuerdos que evocan algo más que eso, porque conllevan sentimientos, y los sentimientos, inevitablemente, a veces duelen, …y mucho.

Él se percató de lo que estaba ocurriendo. Esa chica le había querido. Siempre le quiso, y él, como el niñato que era, nunca se dio cuenta. Volverse a encontrar, con lo que aquello implicaba y la madurez de los años, podría ser una nueva oportunidad. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero igual ellos, se lo debían, o al menos eso pensaban ambos a la vez, en ese preciso instante, sin pronunciar palabra aún…

Para romper la tensión, él cogió el paquete de tabaco, sacó un cigarrillo y le ofreció.

-¿Fumas?

Cogió un cigarro y él, le dio fuego. Dio una primera calada, y le miró a los ojos.

-Vamos a sentarnos- dijo dirigiéndose al banco del medio y final del parque.

Él se limitó a seguir sus pasos.

Ella se sentó en el respaldo del banco y él lo hizo a su lado. En ese momento, Sandra rompió a llorar desconsoladamente. Era mucho tiempo callada. Muchos sentimientos reprimidos… y está claro, que ya no pudo más.

-Eras un imbécil, ¿sabes? Un auténtico imbécil. ¿sabes la cantidad de noches que me acosté llorando mientras tú estabas con alguna aquí follando, lo sabes?

-Sandra, por favor, no llores. No me gusta verte así. No me gusta ver a una chica llorar y menos por mi culpa, por favor.

La abrazó, acercando su cuerpo para que ella reposase su cabeza en su pecho, mientras, él, posó su barbilla sobre su cabeza en un acto propio de protección e intento, un tanto complicado, de consolarla. Se sentía culpable, muy culpable. ¿cómo podía haber sido tan idiota? No sabía cómo resarcir aquel daño que, aunque de modo inconsciente, había causado y que tanto dolor oculto había provocado a una persona, a la que, de alguna manera había querido.

Se incorporó del banco y se puso de píe frente a ella. La cogió la barbilla y la alzó la mirada. Ella se resistía. En el fondo sentía vergüenza de aquella situación.

-Por favor, Sandra, mírame. Por favor te lo pido.- le rogaba mientras con los nudillos de sus dedos secaba inútilmente sus lágrimas.

En ese preciso instante, no la veía como la amiga-colega de su niñez, con la que tantas tardes de risas había compartido. Ahí, en ese momento, la vio como lo que era, una belleza de mujer. Radiantemente bonita por fuera, eso era indiscutible ante los ojos de cualquiera, e inmensamente hermosa por dentro. La mujer que siempre soñó, resultó que la tenía más cerca de lo que él hubiese imaginado. ¡Qué ciegos y estúpidos somos los hombres!- pensó para sus adentros.  Entonces, como una bofetada en toda la cara con la mano abierta, se acordó de su realidad. Era un hombre casado. Ni tan feliz como siempre hubiese querido, pero tampoco tan infeliz como para romper de un plumazo con todo aquello, simplemente era un hombre casado. La felicidad, al fin y al cabo, no deja de ser ráfagas de luz que pasan por momentos. ¡Qué difícil y complicada es a veces la vida, caray! Apartó esa realidad de su pensamiento y prefirió centrarse en la realidad del momento en el que se encontrara, y luego, después de aquello, que pasase lo que tuviese que pasar.

-Venga, venga, por favor, venga. Para de llorar. Por favor te lo pido, para ya. Ponte de píe. Va. Bailemos. ¿Te acuerdas de aquella famosa canción de aquel mariquita engominado que fue a Eurovision. ¿Cómo se llamaba que no me acuerdo?- le hablaba sin parar, mientras le estiraba del brazo invitándola a levantarse del banco.

-jeje, no por favor, no quiero levantarme.

-Al menos te has reído. Eso es un paso. Venga, bailemos… ¿Cómo era la canción?- le preguntaba, habiendo logrado que se levantase y, con pasos remolones y desganados, hiciesen un leve contoneo al compás de una música inexistente. –Bailar pegados no es bailar, es como estar bailando solos.

-jajajaja ¿sabes que siempre cantastes fatal?

-Si… bueno… nunca se me dio bien eso de cantar… pero seguro que soy bueno en otras cosas, ¿no crees?

Sandra levantó en ese momento la vista mientras él la sostenía de las manos con los brazos alzados, manteniéndola la mirada, sabiendo que a partir de ese instante sería muy difícil no llegar a enamorarse de ella. Lentamente, dejó caer sus brazos hasta apoyarlos en sus hombros mientras él la rodeó por la cintura sintiendo su cuerpo sobre su pecho y continuando moviéndose al ritmo de la canción que sólo sonaba en su recuerdo.

Le buscó su boca con sus labios bajando desde su mejilla, a un ritmo lento y armonioso de pequeños besos y caricias. Le comió la boca y ella se aferró con más fuerza a su cuerpo como si creyese que aquello no fuese real.

El frío de la noche se convirtió en una adorable brisa de verano que propinó un calor sofocante en sus cuerpos, el cual sólo invitaba a desprenderse de inmediato de la escasa ropa que llevaban encima.
Dieron un giro de 180º sobre sí mismos colocándose de espaldas al banco. Él se sentó y aupándola, sosteniéndola con firmeza por los muslos por debajo de su vestido,  la sentó encima suyo sin despegar, ni tan siquiera un segundo sus labios. En esa posición, le resultaba muy sencillo jugar con el fino hilo de su tanga, enredándosele entre sus dedos mientras con su boca había empezado un camino de no retorno por el cuello hasta llegar a sus pechos que se apreciaban por debajo de esa fina tela. Sandra, en un estado de éxtasis incontrolable y totalmente entregada al momento, acariciaba su pelo, mientras jugueteaba con sus dedos perdiéndolos entre los rizos de su cabello.

Un nuevo giro, rápido y preciso, la colocó sentada en el banco. Inhaló el aire para recuperar el aliento y él, se desabrochó el pantalón que llevaba un buen rato aprisionándolo demasiado.

-Bonitos calvin Klein

-jejeje ¿te gustan?

-Sí, pero me gustan más quitados- estiró su mano derecha, para engancharle de ellos y tirarle hacía sí. 
A él le dio tiempo a colocar sus manos a ambos lados de su cadera para, no caer de bruces, por el impulso, sobre su cuerpo pudiéndola hacer daño.

Sandra le atrapó entre sus piernas levemente elevadas, de tal modo, que él pudo retirar esa fina pero molesta tela que era su tanga. Las manos de Sandra, respondían a la par, bajándole los calvin a tal altura que dejó liberado su miembro.

-¿Estás segura, Sandra?-dijo- ¡gilipollas, como te diga que no a ver que haces- pensó.
En forma de gemido salió el  adverbio afirmativo de lo que fue testigo, tan sólo la inmensa farola que alumbraba la noche.

Sin título (de momento)


La ejecución de algo menos de 70 páginas me mantuvieron despierta hasta las tantas. Eso, y tú recuerdo. Entonces me acordé de la película 3 metros sobre el cielo, y me imaginé montada en tu moto corriendo por la M-30, esquivando los coches de la carretera y soportando el aire gélido de estos días en Madrid que se colaba por debajo de mi casco, mientras tu realidad, se desfiguraba a la misma velocidad que me jodía estar enamorándome de ti.

Me jode (sí, hablo mal y me gusta) que te hayas convertido en el motivo de mi desconcentración, y me jode (sí, otra vez, y de nuevo no con la connotación que tú te imaginas) porque esto no me va a llevar a ningún lado bueno.

Cuando los caminos se bifurcan puede que algún día se puedan volver a encontrar, en otro tiempo y en otra dimensión, pero nunca igual. Nos ha pasado, pero no es el tiempo y ya nunca lo será. Han pasado muchos años desde aquellas míticas fiestas en el colegio, aunque me ha gustado recordar aquellos nervios que sentía cuando bajaba la cuesta y te veía. Esos ojos negros azabache, esa mirada penetrante… no siempre recordé pero  jamás olvidé.

Los polos opuestos no se atraen. Eso no es cierto. No somos imanes. Tú el chico malo, aunque no tanto como querías aparentar, que vivía intensamente el presente. Yo la chica buena y medianamente estudiosa que se preocupaba por su futuro. Esto no lo debí de hacer muy bien, la verdad. Tú de risas, yo dueña de silencios que contenían la pena que me producía que tus palabras fuesen dirigidas hacía nuestra dirección pero no hacía mí.  Y lo mejor es que ella no te hacía caso. Sí, lo mejor. No creo que hubiese llevado muy bien verte en mi grupo de amigos estando con mi amiga. Y lo peor, es que con el tiempo, dejé de saber de ti. Y lo mejor es que alguna vez, contadas, te veía, pero no era lo mismo aunque algo sentía… o no, no lo sé. ¡Qué más da!

Hazme un favor, sal de mi cabeza, aunque sé que he sido yo quién te ha metido en ella, y cuídate mucho.

Por cierto, una última cosa, quiero que sepas que odio los tíos como tú: irresistibles

18 jul. 2015

Preludio

Preludio


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La única luz proveniente de la lámpara de la tenebrosa cocina, era la que mermaba el miedo que producía la noche del pueblo al que llegamos. Los ojos de cada uno de nosotros tres, disparaban los verdaderos pensamientos que teníamos de cada uno. No nos aguantábamos pero nos soportábamos por un único fin en común: El interés económico, aunque la excusa era el juntarnos los hermanos y únicos sobrinos del tío Facundio en su pueblo y en su despedida.

No había vuelto por el pueblo desde que se murió la abuela. Tras su muerte y coincidiendo con su reciente jubilación, el tío Facundio vendió el piso que tenía en la capital, cogió sus macutos, compró un huerto en el pueblo, nos compró a los sobrinos la parte de la casa de la abuela y allí se fue a vivir hasta el fin de sus días.

Su muerte fue triste, al menos a mí me provocó cierta pena cuando nos lo comunicaron. Se le encontraron muerto una mañana de domingo unos cazadores en el huerto. La policía dijo que debería de llevar un par de días allí. Nadie le echó en falta en el pueblo porque la casa está un poco retirada y sólo bajaba una vez cada quince días para hacer la compra, el resto del tiempo se hallaba como un ermitaño en su casa y en su huerta, con la única compañía de su Bethoven, un San Bernardo de ya avanzada edad. Aun así, era muy querido por todos los lugareños que  solían reprocharle su poca vida social. Sólo se reunía con la gente por los bares, el mismo día que aprovechaba para hacer la compra y regalaba, a todo aquel que quisiera, los productos de la huerta que con tanto orgullo y entusiasmo ofrecía.

En cierto modo, me sentí culpable de su muerte. No me comporté en vida con él como realmente se lo hubiese merecido. Cuando éramos pequeños, recuerdo que nuestros padres nos llevaban al pueblo con la abuela mientras ellos se quedaban en la ciudad trabajando. Allí coincidíamos con el tío, el cual tenía tantas vacaciones como nosotros por ser maestro. Los días trascurrían entre risas, bromas, enseñanzas y alegrías. No nos dejaba solos ni a sol ni a sombra, y cada día, con él, era una nueva aventura. Nos enseñaba a cazar lagartijas, a reconocer a los pájaros de la comarca con tal sólo escuchar su canto, a diferenciar los níscalos de las setas venenosas que recogíamos del monte… Nos obligaba a recoger y ordenar nuestras cosas y a echarle una mano a la abuela, limpiando y fregando la casa, y aunque no nos gustaba demasiado, recuerdo que tenía tanta mano izquierda y tanta maña con nosotros, que lo hacíamos sin protestar lo más mínimo. El tío era increíble. Lástima que no supiésemos agradecérselo de adultos, ni mis hermanos ni yo.

La noche la pasé en vela y al día siguiente fue el entierro.

Un cuarto de hora antes de la misa, replicaron las campanas. –Tocan a muerto-Escuché decir a unas mujeres desde mi ventana, y a mí se me puso un malestar en la boca del estómago que no se me quitó en todo el día.

Ya en la misa y justo antes de empezar con la ceremonia, hubo una señora que me llamó la atención por no vestir de negro. Me extrañó su reclamación y no supe responderla aunque tampoco vi que mereciese la pena. Los años habían pasado para todos pero el tiempo, allí, se había detenido. La mentalidad estaba a años luz del tiempo actual y sabía que rebatir la ignorancia era lo mismo que darse golpes contra un muro de hormigón.

Después de la ceremonia, salimos todos en silencio detrás del coche fúnebre que nos condujo directamente al cementerio ubicado a las afueras del pueblo. Andando al pasado al que íbamos, fueron veinte minutos aproximadamente aunque a mí se me debió de hacer una eternidad.
Hacía frío y el ambiente que se respiraba era escalofriante. Lo que tenía ganas era de salir corriendo de allí. El escenario en el que estaba atrapada me producía auténtico terror.

Mis dos hermanos ayudaron a otros hombres del pueblo a levantar la lápida y a bajar con cuerdas el ataúd. Después, el cura dijo un responso allí mismo y las típicas plañideras del lugar, pusieron con su llanto fin a la escena.

Saliendo del cementerio, una joven que debido a su aspecto descuidado y su vestimenta oscura e impropia para su edad, aparentaba mucho más mayor de lo que realmente era, se enganchó a mi brazo y se puso hablarme. Yo no quise ser descortés y respondía a sus preguntas con educación.

-Oye nena-arrancó cuchicheándome- Esos dos jóvenes que estaban a tu lado, son tus hermanos, ¿verdad?

-Sí, lo son.

-Y los tres sois hermanos y los únicos sobrinos del Facundío ¿no es cierto?

-Sí, así es.

-Hacía tiempo que no veníais por aquí, no?

-Sí, hacía tiempo, si.-seguía respondiendo lacónicamente.

-Oye-dijo apretándose con más fuerza de mi brazo con sus dos manos y acercándose  más, si acaso era posible-¿y quién es aquel muchacho de pantalón negro y niqui gris?

-¿Quién?-pregunté yo, girando la vista hacia atrás para identificar a la persona de quién me hablaba.

-¡Niña! Pero no mires, coño, disimula mujer, disimula-Me recriminó la mujer.

-No sé quién es. Creo que se trata de un pariente nuestro lejano pero no sabría decirte.

-Ese del pueblo no es. Te lo digo porque aquí nos conocemos todos, y tampoco tiene que ser de por aquí, porque anda con aires de ser muy señoritingo.

-Probablemente, pero no lo sé, pero ¿por qué me lo preguntas?

-Porque es muy guapo el mozo. Lástima que ya no le vuelva a ver por aquí nunca más. Seguramente estés en lo cierto y se trate de un pariente vuestro.

-Sí, puede ser.

-Sólo hay una manera de descubrirlo-Dijo deteniendo el paso de repente.-Si del pueblo no es, porque no lo es, y sólo ha venido por el funeral de un familiar tuyo, la única manera de que volviese por aquí, sería si muriese alguien más de tu familia.-y dicho esto, me soltó del brazo, alejándose a paso ligero.-Bueno nena, me voy corriendo que tengo que dar de comer a las gallinas, y por cierto, que te acompañe en el sentimiento. No somos nada, hija, no somos nada. En fín, adiós eh.

No la volví a ver más, pero sus palabras me dejaron un tanto preocupada.

Aquella tarde, mis dos hermanos y yo, estuvimos haciendo recuento de todas las pertenencias que tenía mi tío en la casa. Mi hermano pequeño decidió encargarse de la venta de la casa y el resto de las cosas, el dinero y los cuatro muebles que tenía, nos lo repartimos a partes iguales. No hubo más palabras entre nosotros tres más que las justas y necesarias. Desde que habían fallecidos nuestros padres, no había habido prácticamente relación y la poca que durante estos años hubo, no había sido muy buena precisamente.

Hoy, después de dos meses del fallecimiento del tio, hemos tenido que volver al pueblo. Esta mañana hemos enterrado a mi hermano pequeño. Ayer ocurrió un hecho lamentable. Mi hermano había venido al pueblo porque ya tenía un comprador para la casa. Al regreso, se topó con unos maderos en medio de la carretera formando una barrera justo después de un desnivel, que le hicieron perder el control del volante y chocar contra una vieja finca de por allí, provocando su muerte en el acto. La guardia civil y el mismo alcalde del pueblo, nos han dicho que el hecho es sumamente extraño porque pareciese que esos maderos hubiesen sido puestos intencionadamente. Recalcaron varias veces, a lo largo de la conversación, la palabra intencionadamente.


Esta mañana en el cementerio he visto a la joven mujer que en el entierro del tio me preguntó por un muchacho. Desde lo lejos, ha levantado la mano saludándome. En ese instante se me ha venido a la cabeza sus palabras. No quiero pensar mal pero…

La herencia

La herencia


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Han pasado treinta y cuatro años desde que falleció y todavía los jirones descoloridos de la herencia de la tía Felipa siguen coleteando entre todos sus herederos. Nadie ha cumplido su última voluntad, conditio sine qua non para hacer efectiva la herencia… Nadie, excepto yo.

Ayer, después de llevar meditando la decisión durante mucho tiempo, me decidí a romper con el supuesto maleficio que revoloteaba por ahí, y del que nadie parecía atreverse a hablar. En realidad, y lejos de lo que puedan o dejen de pensar el resto de mis familiares, no lo hecho por la herencia. Afortunadamente, a mí, cuatro reales, no me van a sacar de pobre ni me van a librar de seguir trabajando. Lo he hecho por pura superación personal. Así de claro. Para mí ha sido como un reto que quería cumplir desde hacía mucho tiempo. Necesitaba vencer mis miedos a las alturas y se me ocurrió que esta era una buena ocasión para matar dos pájaros de un tiro.

El testamento era corto y claro. Sólo podríamos hacer uso de la herencia depositada en una caja fuerte y cuya única llave estaría en manos del notario, si se demostraba con documentos fehacientes, que alguno de sus herederos, tras su muerte, había atravesado, aunque hubiese sido en una única ocasión, el desfiladero de la yecla, ubicado en la entrada del pueblo Burgales, Santo Domingo de Silos, y hubiese seguido vivo como mínimo durante cuarenta y ocho horas para contarlo.

Recuerdo la cara de relajación de todos cuando el notario leyó el testamento en aquella sala de su oficina. Nadie podría suponer que su voluntad nos costaría la vida, y no hablo precisamente en el sentido metafórico de la palabra sino todo lo contrario.

En ese momento, nadie cuestionó, ni por asomo, el deseo de la tía. Todos sabíamos que pese a gozar desde hacía años de cierta cojera, ser manca por un percance ocurrido en la post-guerra del que nunca quiso hablar y no ver muy bien de ambos ojos, ella no dejó ningún año de ir siempre, allá por el mes de junio, a pasar por el desfiladero. Para ella debía de ser algo así como una promesa. Era uno de los tantos y tantos secretos que ella se llevó a la tumba, y que en vida, ni yo, ni creo que nadie, se atrevió a preguntarla por miedo a su fuerte carácter. De aspecto, debido a sus minusvalías, indiscutiblemente, podría parecer una mujer débil, pero obviamente, las apariencias engañan.

Le faltó tiempo a mi primo Lucas, que Dios le tenga en su gloria, con más espíritu aventurero y deportista que ninguno de nosotros, decir que él se encargaría de cumplir con la última voluntad. Hombre solitario por naturaleza, decidió hacerlo sólo. Esa misma mañana recibimos una llamada de la guardia civil del municipio. Una mal pisada había hecho que resbalase y cayese precipitadamente por el desfiladero. Yo no me personé en el lugar de los hechos, pero algunos de mis primos que sí lo hicieron, dijeron que tuvieron que estar hasta bien altas horas de la madrugada, hasta lograr sacar el cuerpo sin vida de mi primo. A  partir de ese hecho lamentable, el rostro de todos nosotros, dejó de ser de relajación. Nadie decía nada pero con sólo mirarnos sabíamos que el miedo estaba rondando entre nosotros.

Creo que pasaron dos meses, no lo recuerdo bien, cuando otro de mis primos, Ángel, de voto propio, hizo una llamada al notario para que cerciorase y dejase constancia del cumplimiento de la última voluntad. Al día siguiente, en una curva muy pronunciada y de poca visibilidad, debió de perder el control del volante y después de dar varias vueltas de campana e invadir el otro arcén, se mató estampándose contra un camión.

Después de aquello, todos pensábamos que un maleficio había en torno a la última voluntad de la tía. Hubo algunos de mis primos que, crucificaron la herencia y renunciaron rotundamente a ella. Fueron radicales en su decisión, ni querían la herencia ni querían oír hablar del tema.

Hace algo más de tres semanas, coincidiendo con parte de mis familiares de los cuales no se pronunciaron sobre la herencia, les dije que iba a pasar por el desfiladero de la yecla. Su cara, en un principio, fue de asombro y después de reaccionar ante mi decisión, sus palabras fueron más bien desalentadoras pero yo lo tenía decidido. Soy una persona de principios y de decisiones pensadas, y esa decisión estaba más que meditada.

Ayer, aprovechando que iba a comer en un pueblo de unos amigos, hice un alto en el camino para pasar por el desfiladero. Después de cumplir mi cometido, cogí de nuevo el coche y me fui a casa de mis amigos. Desde allí, envíe un wassap al grupo de mi familia informándoles que todo había ido bien y que ya había enviado las fotos como prueba al notario para que diese fe de lo ocurrido. Feliz por haber cumplido mi doble objetivo, vencer mis miedos y cumplir la voluntad, disfruté de la comida en buena compañía. Sopa de ajos con manitas de cerdo para ellos, para mí, como no me gustan las manitas de cerdo, me comí un buen plato setas de la comarca.


Hoy me duele bastante la tripa, seguramente del empacho pero nada preocupante… espero. 

11 oct. 2014

De paso

De paso, tan sólo de paso estoy aquí. Tal vez provocado por cierto momento nostálgico o cierto momento de necesidad he vuelto, aunque tan sólo sea un momento, porque aunque nunca me he ido si es cierto que llevo mucho tiempo ausente. 

9 may. 2013

Tengo ganas de ti






Acurrucado tras la maleza, hasta ayer mismo, observaba en la oscuridad de la noche la ventana donde ella dormía. No lograba olvidarla. Tampoco quería hacerlo. El olor de su cabello estaba aposentado en mi alma de forma indefinida. Nada me costaba entonces cerrar mis ojos y sentirla de nuevo entre mis brazos. Semejante placer me hacía disfrutar, pero también me dolía y me hacía sufrir. Me atormentaba que ahora todo fuese tan sólo un grato recuerdo del pasado relegado a algo olvidado completamente en su mente.

Cuando la luz que alumbraba su habitación se apagaba, yo empezaba a soñar despierto, y la volvía a ver ahí, en esa misma habitación, desprendiéndose de su ropa frente a mí, que me hallaba contemplando su belleza sentado en uno de los vértices de la cama. Ensimismado. Sin perder detalle.

Era increíble. Sin llegarla a rozarla aún, ya sentía su aroma recorriendo mi cuerpo como la sangre que se abandona por mis arterias, alimentando mi potencia y aumentando mi libido. Ese mismo que iba corriendo como el agua desbordada del río que se pierde hasta terminar en la mar, concentrándose entre mis piernas, mientras estaba siendo coaccionado gratamente. En esos precisos momentos, era incapaz de decir ni siquiera donde estaba, pero si sabía claramente donde quería llegar.

Comenzaba a correr superando la velocidad permitida, mientras ella me obligaba a pisar el freno, controlando así las marchas en cada agitada respiración. Por aquel entonces, no era consciente de que el universo perfecto se pudiese llegar a desquebrajar en fracciones de segundo, haciéndome sentir el frío de los pedazos rotos bajo mis píes. Me equivoqué. Creí que tenia controlado la realidad, sin saber que está, me iba a controlar a mí de por vida. Ahora mi realidad es la que siempre me acompaña. La que me recogió cuando ella, la mujer que tanto amé y sigo amando, me abandonó. Esa, la silla de ruedas que me recuerda cada mañana al levantarme, hasta cuando la dejo para echarme a dormir, lo que pasó aquella fatídica tarde de sábado. Si no hubiese cogido el coche, quizás no hubiese tenido el accidente y ahora seguiría con ella, pero probablemente tampoco hubiese sabido que ella jamás me amó realmente.

Cuando amanece y despierto empapado de ese sudor frío que me recuerda que ella estuvo presente en mis sueños, no puedo evitar desearla tenerla de nuevo entre mis brazos, a pesar de que el único que ame sea yo. El amor es así de ilógico. Si no existiese y todo se concentrase en una relación sexual, sería más sencillo. 

Aunque ella no lo sepa, aunque sólo me lo haya admitido a mí mismo, yo la sigo amando, y recupero el aliento bañándome desnudo, cuando puedo y el tiempo me lo permite, en el mar para que la salitre de sus olas se intercambie con el sabor putrefacto de mi piel. 

No podré avanzar sí estoy anclado a un pasado que, aunque volviese, jamás sería igual. Por eso he roto el lienzo. Ese que me regalaba subliminalmente su rostro, formado por colores simétricos colocados minuciosamente sobre él, ocupando la parte principal de mi vida, y que me recordaba que tenía que ser destruido para poder continuar. Su valor cromático había caído empicado hacía tiempo. Todo el mundo lo sabía pero faltaba que yo quisiese admitirlo.